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The Mars Volta y De-Loused in the Comatorium: perderse feliz en el caos

Por SOS Música 22-06-2026 3 min de lectura
The Mars Volta y De-Loused in the Comatorium: perderse feliz en el caos

Reseña por Carlos Brigo

Hay discos que uno descubre y hay discos que, de alguna forma, terminan descubriéndolo a uno. Para mí, De-Loused in the Comatorium fue eso. Una especie de puerta a otro tipo de música en una época donde el nu metal dominaba absolutamente todo. Eran comienzos de los 2000 y, mientras el mundo estaba pendiente de los riffs simples y las canciones de tres minutos, aparecieron Omar Rodríguez-López y Cedric Bixler-Zavala con algo que simplemente no se parecía a nada. Recuerdo incluso haber leído por ahí que algunos medios los llamaban “salsa metal”, una definición extraña que hoy me da risa, pero que reflejaba la dificultad de encasillarlos.

La primera vez que escuché el disco ni siquiera entendí qué estaba pasando. Creo que nadie se prepara para escuchar “Inertiatic ESP” viniendo de la música que sonaba en esos años. Pero había algo magnético. “Roulette Dares” era una locura, “Drunkship of Lanterns” parecía una banda desarmándose y volviéndose a armar al mismo tiempo, y, en medio, aparecía “Tira Me a las Arañas”, ese pequeño puente extraño y casi místico que siempre sentí como una respiración antes de volver a sumergirse en el caos.

“Cicatriz ESP” fue otra historia. Esa canción me enseñó que una composición de doce minutos podía mantenerte completamente atento. Las improvisaciones, las dinámicas, las explosiones y los silencios. No era una canción que se escuchaba de fondo. Había que vivirla.

Con el tiempo, De-Loused in the Comatorium se convirtió en uno de esos discos a los que siempre vuelvo. No porque lo entienda completamente, sino porque todavía me sigue sorprendiendo. Y creo que eso es algo que pocos álbumes consiguen.

Tuve la suerte de ver a The Mars Volta dos veces y ambas experiencias fueron completamente distintas.

La primera fue en el Suede Fest, en San Carlos de Apoquindo. La expectativa era enorme. Después de tantos años escuchándolos, finalmente los tenía al frente. Pero recuerdo haber salido con sentimientos encontrados. Tocaron pocos temas y gran parte del show estaba centrado en improvisaciones larguísimas. Entiendo que eso es parte de la esencia de la banda, pero esa noche sentí que, por momentos, se volvía excesivo. Había pasajes donde la energía se diluía y la conexión con las canciones se perdía un poco. Era un The Mars Volta todavía muy salvaje, muy juvenil, muy dispuesto a perderse en sí mismo. Había momentos brillantes, por supuesto, pero también momentos que se me hicieron algo tediosos. Como si la banda estuviera más interesada en explorar que en compartir.

Muchos años después llegó el Movistar Arena. Y, sinceramente, me encontré con otra banda.

No recuerdo exactamente el año, pero sí recuerdo perfectamente la sensación. Era un The Mars Volta más maduro. Menos caótico, menos desordenado, menos obsesionado con demostrar cosas. Las canciones se entendían mejor. Había improvisaciones, claro, pero estaban al servicio de las composiciones y no al revés. Todo sonaba más orgánico.

Cedric ya no tenía esa energía descontrolada de los primeros años, pero seguía entregándolo todo. Y Omar, con esa calma casi inexpresiva, seguía siendo el arquitecto de ese universo extraño. Había menos locura juvenil, pero más profundidad. Más oficio. Más confianza.

Y creo que eso me gustó más, porque uno también cambia.

De-Loused in the Comatorium sigue siendo mi puerta de entrada, ese disco que me voló la cabeza cuando todos parecían mirar hacia otro lado. Pero hoy lo escucho distinto. Ya no busco entender cada cambio o cada textura. Simplemente me dejo llevar.

Porque, al final, eso es lo que siempre me ha provocado The Mars Volta.

La sensación de estar perdido, pero feliz de no encontrar nunca la salida.